viernes, 25 de febrero de 2011

MAMERTO ROSALES.

LA MULA DE TRES PATAS. Capítulo III.

de Mamerto Rosales, el Viernes, 25 de febrero de 2011 a las 1:31


En cuanto abrióse la puerta de la casa del cura, las mujeres se abalanzaron hacia él. Una tomó sus manos besuqueándolas con más barbería que reverencia, otra se tiró a los pies del prelado jalando su sotana y la tercera alzaba los brazos al cielo, rogando la intercesión de éste, ante la atribulación que les motivaba a visitarlo.



-- Ya sé a que han venido. -Atajó el cura antes que cualquier comentario de los visitantes, colocando su mano derecha en señal de alto, de frente a los visitantes, que extrañados se miraban unos a otros.



-- Pero, señor cura, si apenas hemos entrado a su casa y... ¿ya sabe a qué hemos venido?. -Cuestionó uno de los tenderos.



-- Hijos míos -dijo el cura a sus visitantes- a la mayoría de ustedes los bautizé, lo mismo que a sus propios hijos. Ustedes se casaron en mi iglesia, en la que por varias décadas también he escuchado los pecados de todos; he andado por todos los caminos y comunidades, todas las casas me han abierto sus puertas; sé de las desdichas y congojas y he compartido las alegrías y las lágrimas de mis feligreses... por lo que entonces comprenderán que en este pueblo no hay cosa que yo no sepa.


Y en efecto, el sacerdote había llegado de Sahuayo a Taretan, poco después de la revolución mexicana, se involucró de alguna manera en la época del reparto agrario y desde luego que la revuelta cristera también lo arrastró, de tal suerte que, como todos los ministros católicos, anduvo a salto de mata después de que éstos cerraron los templos y mantuvieron oculta la prédica católica.



Era un agente importante que infundía fé y ánimo a la población, sobretodo en la época de desolación por la que había atravesado Taretan, previa a la instalación del ingenio azucarero.


Se ubicaba ya como el bálsamo que curaba no solo los males del alma, sino también los del cuerpo. A su casa llamaban no solo los demandantes del consejo moral sino aquellos carentes de un pan para comer, por lo que esas acciones del ministro de Dios, efectuadas por décadas, lo tenían posicionado ya en un sitio especial para la comunidad, que incluso, lo consideraba como un hombre santo. De tal suerte que no había cosa que no supiera, congoja que no resolviera, problema que no compusiese ni “jorobado que no enderezase”, es decir, en su persona conjugábanse: la autoridad moral; la civil, por aquello de que el alcalde poco o nada resolvía; la educativa, porque hasta clases y moralejas impartía y, desde luego, la médica, que como ya se dijo, hasta de curar a los gargajientos y diarreicos, se encargaba.



-- Bueno, pues si todo lo sabe -alegó el carnicero embadurnado de sangre en la cara- porqué no nos ahorra el trabajo y acaba con todo ese mitote de la “mula de tres patas” y yá.



En eso comenzó la trifulca, puesto que unos estaban a favor de que el cura aquel hiciese frente a la figura endemoniada. En cambio otros, entre los que figuraban: el tendero robagramos, el acarreador de caña -que dicho sea de paso, colocaba grandes piedras en medio de los tercios de la gramínea para que pesara más su carga a la entrada del ingenio azucarero- y el mandamás de la fábrica de azúcar, externaron la posibilidad de que aquel ministro del Señor, pensara mejor en una estrategia de más largo plazo y de mejor contundencia.



Así que, jalándolo suavemente del brazo, éstos lo apartaron hacia aquel patio finamente empedrado en la casona, para decirle en forma más pausada sus pensamientos, mientras que en el corredor -haciéndoles el quite con las tres rezanderas- se había quedado mascullando su coraje, el matancero embadurnado de sangre, que a esas horas del día, ya hasta se había restregado los pellejos de aquel bofe despachado, en todo el bigote, cejas y casi dentro de ambos poros de la nariz. El asunto era que también quería participar de aquella inusitada subcongregación en se había dividido la comisión original.



-- Mire señor cura -manifestó apurado el tendero robagramos- es deseo de todos los aquí reunidos que como ministro de Dios haga frente a ese ente diabólico que deambula por las noches, pero con el cuidado necesario a efecto de que se preserve su integridad física. No queremos perderlo. -Agregó en tono apurado por la suerte que podría correr el sacerdote-.



-- Al mismo tiempo -terció el capataz del ingenio- hay que tomar en cuenta que en Taretan acabamos de pasar cosas muy revueltas, tales como la de aquellos “comunistas” que soliviantaron a los campesinos para quitarle la tierra a las haciendas y luego los hechos, para poder quitarles a esos mismos revoltosos, la dirección del ingenio azucarero.



En ese momento tomó la palabra uno de los cursillistas: --Por eso hemos pensado en sugerirle ¿verdad?, así como de... proponerle, que si juzga usted conveniente, dejemos correr un rato ese asunto del animal endemoniado, para que nos permita unirnos como pueblo. Primero, en torno a nuestra religión y valores morales que hemos perdido por esas revueltas que hemos vivido, y segundo, pues al acabar con la “mula de tres patas” con las armas de nuestra religión, ésta se arraigaría mucho más entre nuestros viejos, jóvenes y niños, que tanto ocupan de esas raigambres morales.



El cura, que no era nada tonto ni susceptible de dejarse engatuzar, paró en seco a sus interlocutores:



-- Yo no creo en esas patrañas de la “mula de tres patas”. Debe ser una broma de mal gusto, surgida al calor de... no sé qué bajos instintos, ni con qué insanas intenciones, pero yo lo voy a indagar y en caso de que me salgan “con domingo siete”, este pueblo me va a escuchar...



-- Pero, señor cura, usted mismo ha escuchado las versiones de mucha gente en el sentido de que es un animal endiablado, ese de la “mula de tres patas” el que ronda por la parte norte del poblado. -Dijo apurado el matancero que, allá en el primer grupo de “mortificados” taretenses, había abandonado ya a las tres mujeres que continuaban rezando, amenizando el ambiente pues, en busca de la intervención del sacerdote en ese asunto del animalejo “trípode”, que no cuadrúpedo.



-- Pero en lo que sí tienen razón es en eso de aprovechar el momento para predicar, con el auxilio del evangelio, el valor de los preceptos morales, el amor al prójimo y la defensa de nuestra religión. Lo que voy a a hacer es llamar a la unidad, a desechar temores, a rezar en torno a nuestro señor.. pero además voy a hacer frente a ese animal del averno. -Expresó el cura, con un aire de dudas que aún rondaban en su cabeza-.



Como ese día era sábado, ya sabrán ustedes cómo se puso la misa del siguiente día: el domingo, la del mediodía. La iglesia estaba a reventar, de tal suerte que el atrio que da a la plaza, también estaba lleno. No cabía un alma más en el recinto dedicado a San Ildefonso. El cura ya estaba en el púlpito. Sus sobrinos, que eran los acólitos, daban una y otra vuelta, como rehilete, a los incensarios, llenando de tremenda humareda aquel recinto sagrado. Mujeres con niños en brazos, mientras estos lloraban. El calor hacía más desesperante el momento de la prédica. Como ya no había llovido el día anterior, el calor era sofocante. La señorita Vito Lemus, que era una de las cantoras de los salmos y rezos, no alcanzaba la nota musical y aquello desentonaba aún más que el ambiente sofocante. Los murmullos de los varones confundíanse con los rezos de aquellas mujeres que tanto alboroto habían protagonizado y que, por supuesto, estaban en primera fila. De tanta gente, hasta la madre sacristana ya había dado dos vueltas entre la feligresía, por la limosna respectiva, con la que ya había canalizado a las enormes alcancías de metal, dos cestos repletos de monedas y billetes.



-- Hijos míos, queridos hermanos -retumbó inicial la fuerte voz del sacerdote en todo el templo que sosegó por completo a aquella excesiva concurrencia-. La vida de Taretan ha estado impregnada de las gotas de la prosperidad y a la vez del infortunio, de la esperanza sublime y de la derrota que hunde, de las luces matinales que hacen florecer a la primavera y de los destellos grises y sombríos que aporta el invierno...

CONTINUARÁ...

Por Fabio Alejandro Rosales Coria.


No hay comentarios.:

Seguidores