miércoles, 16 de febrero de 2011

DOS BARQUITOS DE PAPEL


DOS BARQUITOS DE PAPEL

de Mamerto Rosales, el miércoles, 16 de febrero de 2011 a las 2:53


Los negros nubarrones, amenazantes, se asomaban por encima del cerro “El Cobrero” y no tardaban en llegar, a aquel poblado de tejas rojas y calles empedradas, las gruesas gotas de la tormenta huracanada.



El viento sacudía puertas y ventanas de aquella casona del anchuroso corredor, cerradas con prontitud por la madre de familia que, teniendo tras de sí a tres chiquillos temerosos, las rociaba de agua bendita -a diestra y siniestra- a efecto de que el fuerte viento no hiciera estragos en la huerta adjunta.



La tarde se había vuelto oscura de pronto y ya destellaban las flamas de algunas “velas de cebo” -por el material con el que estaban hechas y adquiridas a temprana hora, al salir de misa de las seis de la mañana, en la tienda de don Eusebio, frente a la plazuela-. Esas flamitas parecían caminar de uno a otro lado, por los cuartos en penumbras.



La energía eléctrica había abandonado por entonces al poblado y el torrencial aguacero ya se dejaba sentir sobre el valle taretense, acompañado de sucesivos relámpagos y, casi al instante, de sus respectivos truenos, que hacían que el temor de los infantes, encerrados ya con su madre en uno de esos grandes cuartos de aquella casona, se incrementara ante los rezos que inundaban aquel espacio oscuro.



Después de más de media hora de intensa lluvia, solo había quedado una leve llovizna -de aquella que solíamos decir “mojapendejos”, porque sientes que no te moja pero acabas empapado-. Aún la calle hacía chocar entre sus piedras una fuerte creciente, que bajaba desde el “Barrio alto”, haciendo pequeñas olas, saltos, remolinos y ligeras lagunas, por en medio de la calle.



Le quedaba poca luz a la tarde y había que aprovecharla, lo mismo que la creciente del agua revolcada que corría por la calle principal de la comarca. Así, desde dos cuadras “corriente arriba”, el más pequeño de aquellos chiquitines, con el pantalón corto de pechera y unos zapatos tenis roídos por el tiempo, debaja ir sobre aquella corriente de agua revolcada, un par de barquitos de papel o dos diminutas “lanchitas”, de esas que tiran los árboles “galeana” cuando florean en la plaza del poblado.



Y... allá se miraban, como en una competencia, los dos barcos lanzados a la corriente, sorteando los obstáculos, entre la piedra y la basura, entre hoyancos y los remolinos. La llovizna fría se confundía entre el sudor del rostro, ocasionado por el brincoteo de uno a otro lado del torrente, haciendo salpicar a veces o, las más de ellas, mojar los pies hasta la altura del tobillo. La travesía era hermosa; una y otra vez hasta quedar empapado, pero con el gusto de chacotear bajo la lluvia con los dos barcos de papel.



Ya en casa, a hurtadillas tiraba la ropa aún húmeda y los zapatos tenis mojados, tras una de las puertas; con el pelo sin secar y cambiándose de ropa interior sin ser descubierto, ya juntos los tres mozuelos, se arrimaban a la mesa tras un chocolate humeante, acompañado de unas gorditas de harina, amasadas en una larga tabla de madera, por la madre y otra de las hijas -mamá de crianza del aquel chicuelo que instantes previos brincoteara por la plaza-.



Recién acostado, no había pasado mucho cuando empezaba el estornudo, el flujo nasal y a cerrarse la garganta; la temperarura corporal subía y el dolor se dejaba sentir como si estallase la cabeza. El movedero sobre aquellas camas de resortes, que por lo oxidado rechinaban, hacían despertar a los hermanos, que anunciaban a la madre el “calenturón” del más pequeño. La madre adivinaba de pronto que el pillo chiquitín había hecho otra vez una de las suyas, al fugarse sin permiso hacia la calle a brincotear sobre la corriente y bajo la llovizna, de esa que dijimos se llamaba “mojapendejos”.



Y así, la madre y la hermana, permanecían en vela por la noche: una maizena, para tomarse la pastilla y bajar la “calentura”; un “té limón” con miel de abeja, para calmar la tos; una despostillada vasinica para orinar sin salir del cuarto a la corriente de aire; el petate junto a la cama para no pisar el suelo; la caja de vaporub que se untaba entre los dedos la paciente madre y esparcirlo en pequeños círculos sobre el pecho; y, cómo olvidar, aquellos “chiquiadores”, dos pequeños circulitos de una de las plantas de aquel anchuroso corredor, calentados previamente en la flama de la velita de cebo y pegados sobre las sienes del enfermo, para aminorar aquel dolor de cabeza insoportable.



Enfermo, madre y hermana, habían logrado conciliar el sueño ya en la madrugada y al acostarse apenas, ya el cántico del gallo, el silbato del ingenio azucarero y las campanadas de la iglesia anunciaban las seis de la mañana. El pequeño permanecía sin levantarse, entrado el día arreciaba la temperatura, que, junto a la tos y el dolor de la garganta, anunciaba infección de las anginas. No había duda, preciso era llamar a un ángel, un ángel con figura de enfermera en la familia: la prima Eva. El chiquillo boca abajo mordiendo una almohada, los puños cerrados con fuerza y, previo el proceso de hervir la jeringa -en aquellos tiempos no se usaban aún las desechables- esa aguja que el chiquillo miraba de reojo, hacía blanco en lo moreno de la nalga.



Al menos el pupitre del enfermo se quedaba vacío durante dos días, mientras esas dos mañanas, el niño disfrutaba de un sidral “al tiempo”, en su envase de vidrio, solo con un pequeño agujerito en la corcholata para que “no se lo acabara pronto”, según decía su padre, quien con su recia, fuerte y única mano, tocaba la frente de su hijo para ver su mejoría.



Las tortillas y el caldo de pollo calientito, el arroz y el mole, agua de limón y de postre un arroz con leche, para la comida; mientras que en la noche, la merienda se componía de leche acompañada de calabaza tachada o “fruta de horno”, o al menos dos tacos con frijoles bien refritos y un pedazo de chile pasilla dorado. Acaso ello constituía para el chiquillo el placer de aquella enfermedad... y desde luego, el cuidado de aquellas dos mujeres, de sus dos madres.



Hoy, a 40 años de distancia, sin brincotear bajo la lluvia pero con la misma enfermedad, he vuelto a recordar aquella vasinica despostillada y el petate junto a mi cama, la maizena, el té limón, la comida, las inyecciones de aquel ángel con vestido de enfermera que era mi prima Eva... pero sobretodo, el sidral -con un agujerito en la corcholata- que me llevaba mi padre... y, más aún, los dedos de mi madre desmenuzando el vaporub sobre mi pecho y, mientras respiraba hondo, aquellos “chiquiadores” calentados en la velita de cebo para quitar el dolor de cabeza.



¿Quién no ha sentido de pequeño el paso de la mano sobre el pelo, una y otra vez hasta quedar dormido, de la madre cuando enfermo?. Y ¿quién teniendo hijos no permanece en vela ante enfermedad de ellos, emulando lo que por nosotros hicieron nuestros padres?



Aquél ángel se ha ido, mi padre también, mi madre de crianza está lejos... solo queda mi madre y, al verla, llevaré su mano a mi pecho como cuando niño a los siete o diez años... que brincoteaba bajo la llovizna y por encima de la corriente de agua revolcada... -allá en Taretan- tras dos barquitos de papel.



(Por Fabio Rosales Coria. 16 de Febrero de 2011).

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