martes, 22 de febrero de 2011

LA MULA DE TRES PATAS II

LA MULA DE TRES PATAS

de Mamerto Rosales, el Martes, 22 de febrero de 2011 a las 2:34


Capítulo II

El sol despertó con sus primeros rayos, en esa fría y húmeda mañana, a las gentes del poblado. Los dependientes de la tienda “El Cambio” de don Benito Delgado, en el mismo portal donde se asienta la presidencia municipal, comenzaron a sacar los productos que vendía: sillas de montar a caballo, albardas, cuerdas, cordeles y reatas, sudaderos para los burros, alimento para animales, alambre de púas para las cercas, mallas para gallineros, aperos de labranza como azadones, guadañas, machetes, palas, , pasando por carretillas, clavos, martillos, tornillos y toda clase de abarrotes y vinos... bueno, vendía hasta bacinillas para mear y utensilios de peltre para la comida. Todo lo que uno pudiera imaginar: desde una diminuta tachuela, hasta grandes piezas para el molino de nixtamal, todo ahí se podía encontrar.

En otro portal, frente a la iglesia, la tienda de Lolita Carrillo, lo mismo que “El Faro” de doña Herminita, al otro extremo del mismo, también ya sus puertas estaban de par en par. Allá junto a la plazuela, los recauderos, venidos de un pueblito en la meseta, pelando y quitando el rabo a las cebollas y las hojas secas de lechugas, coliflores y repollos, mientras que unos trasnochados borrachines salían de la tienda de don Eusebio, junto a la receptoría de rentas, con un pomito de alcohol para seguir la “meca”.

Como invocados de pronto, llegaron dos tenderos acomodándose el delantal, el carnicero con su mandil que había manchado de sangre al despachar el “bofe” para el gato de una vecina, un maestro leguleyo de la primaria “Juan de Dios Peza” de esos que nunca faltan y siempre sobran, un gordo oficinista acompañando a uno de los superintendentes del ingenio azucarero, un camionero de caña de azúcar, dos cursillistas (esos que tomaban cursos de religión en el templo) y otra vez..., sí, otra vez aquellas mismas tres señoras, que aún en penumbras al salir de misa, cuchicheaban durante esa madrugada, con el cura, sobre el umbral de la iglesia de San Ildefonso de aquel pequeño poblado.

Dado que en un tiempo a Taretan le llamaron la “Rusia chiquita”, por aquellos “volcheviques” y “comunistas” que durante el periodo de los años '30 azuzaron a los campesinos a arrebatarle las tierras a los hacendados, cualquier rumor, por pequeño que fuera, suscitado por la noche o la madrugada, apenas salido el sol, significaba ya “un secreto a voces”. Es decir, bajo la premisa del refrán, en el sentido de que “pueblo chico, infierno grande”, a esas horas, a las siete y media de la mañana, el alcalde del lugar ya era esperado con preocupación... porque se rumoraba que desde hacía algunas semanas, por los barrios de “el toro” y “el nogal”... todas las noches galopaba... un animal infernal.

El Presidente Municipal era un hombre bonachón, sonriente todo el tiempo y con todo el mundo; llevaba su eterno sombrero, guayabera blanca que sobresalía de una raída y arrugada chamarra negra de cuero traída de Moroleón, el extremo del cinturón colgaba por el frente de la bragueta, que, por supuesto estaba sin cerrar, los zapatos raspados y con las agujetas sin sujetar, pero eso sí, con un cigarro “del prado” ya en la mano izquierda.



Era, como ya se dijo, esperado con ansiedad y urgencia, de esas parecidas a cuando la gente entrecruzaba las piernas y apretujaba las nalgas, temerosa de no alcanzar a tiempo a sentarse, en aquellas letrinas de madera instaladas sobre las muchas acequias que cruzan el poblado, ya sea para “desaguar” o para exonerar al cuerpo, de aquello que no le es asimilable, producto de la ingesta de alimentos.

Apenas llegó al portal de la alcaldía y el susodicho exlíder obrero en la comarca, fue increpado por ese grupo representativo de la sociedad moral y pudiente taretense, con aquello de que: ¿dónde andaban los tres policías de la comandancia para vigilar por las noches?, ¿en qué se gastaban los dineros de los contribuyentes para carecer de luz en las calles?, ¿por qué no estaba enterado de los relinchidos de caballos trotando por la madrugada?, ¿por qué solo asistía a la alcaldía los lunes, jueves y en quincena?... y con esto y más, acorralaron al representante constitucional de aquel poblado, que de cuando en cuando, soltaba frente a las caras de sus interlocutores, un tufillo que delataba su predilección por aquel aguardiente de caña, de nombre “riyitos”, mismo que vendía al copeo, un hombre en medio del otro portal, situado frente a la alcaldía.

-- ¡Silencio! -espetó el ciudadano Presidente Municipal-. Quiero que me expliquen de una vez por todas, a que chingaos viene todo este alboroto, que me sacó de mi casa a medio vestir, sin bañar aún y con esta resaca que me mata poco a poco.

-- Fíjese señor representante de los más genuinos y altos intereses de los moradores de este pintoresco poblado, que nos hemos dado cita en este edificio municipal, lo más selecto de la sociedad taretense con el objeto de... -se fue como tarabilla, sin dejar pronunciar palabra a alguien, aquella mujer que durante la madrugada había dado lastimeros gritos al conocer que a los burros de Tacho, el lechero del pueblo, los había asustado un caballo o una mula desbocada, allá por el rumbo “del rastro”.

-- ¡Al grano, mujer, al grano! -la interrumpió el representante.

En esos momentos, uno de aquellos “cursillistas” codeó las costillas del camionero cargador de caña de azúcar y prontó éste soltó:

-- Señor Presidente Municipal, lo que queremos informarle es... -e hizo un largo silencio dejando sin aliento a todos-, que el diablo anda suelto en este pueblo y cabalga de noche sobre una “mula de tres patas”.

En esos instantes, el alcalde casi se traga el cigarro que mascullaba de uno a otro lado de la boca, mientras las otras dos mujeres comenzaron a persignarse y a rezar al unísono el avemaría y un padrenuestro.

-- ¿De dónde sacaron tremenda patraña? -espetó la autoridad-, ¿acaso no comprenden que con aquello del bautizo de un perro en la iglesia, este pueblo se quemó y desde entonces está maldito..., y ahora me salen con que anda el mismo diablo encima de una mula?. ¿Y luego de tres patas?. Están ustedes locos de remate. Nadie querrá venir a Taretan y menos con estos inventos. Ya viene la fiesta de “Las carreras” allá en “El Llanito” y a lo mejor, alguno de los jinetes se agarró la puntada de correr su caballo a deshoras de la noche. ¡Hombre, no hay que ser tan delicados y exigentes! -justificó de manera suave, el hombre de la chamarra negra y arrugada, tiempo atrás traída de Moroleón.

Las mujeres prosiguieron con su rezo y los hombres a decir a tropelladamente que si era una mula o burro el animal que cabalgaba el diablo por el rumbo de “la horqueta”; que los moradores de los barrios “el nogal” y “el toro” escuchaban por las noches esos infernales relinchidos; que si esto... que si lo otro, el caso es que aquella “fortuita” reunión se convertía en una auténtica romería.


Uno de los tenderos, flacucho, blanquizco y de pequeño bigotillo, famoso por cierto por sus obras de caridad para con la iglesia del poblado, mismas que financiaba vendiendo kilos de 800 gramos, ya fuera de piloncillo, maíz, manteca de cerdo..., calló a una de las mujeres rezanderas y jalándo con su mano derecha el brazo de aquella, suavamente la situó en el centro de la “inesperada” concurrencia, mientras que, discretamente, sin que nadie lo advirtiera, con su mano izquierda a manera de saludo, colocaba sobre la mano de la vecina del barrio “el nogal”, un billete de diez pesos. Rezandera y tendero cruzaron la mirada y éste dirigióse al alcalde:

-- Respetabilísimo señor presidente, esta señora acongojada que usted mira aquí, que al borde está de la locura, es fiel testiga de que todo cuanto hemos dicho, es totalmente cierto... ¡Ándele comadre!, dígale a la máxima autoridad municipal lo que usted ha venido escuchando, durante varias madrugadas en su camino a misa.

Y la mujer soltó el llanto, limpiábase de vez en cuando la secreción nasal con el rebozo, mientras contaba, con voz entrecortada y largos suspiros, haber “devisado”, por una rendija de la puerta de su casa, una mula trotando a media noche por el empedrado de la calle, pero lo curioso del caso, era que solamente había percibido el sonido de tres cascos del animal ... y no de cuatro, como se supone que todo cuadrúpedo debe poseer. La narración de la atribulada mujer dejó estupefactos a todos y a esas alturas de la plática, el alcalde pelaba los ojos y lanzaba la mirada escrutiñadora hacia el tendero, el camionero transportador de caña de azúcar, el mandamas en el ingenio y con el carnicero que, para limpiarse el sudor de su rostro, utilizaba el mismo mandil cubierto de sangre por el bofe despachado, haciendo enrojecer su cara, de tal suerte que el mandatario municipal ya no sabía si reir por el semblante del matancero o llorar por la “historia” de la rezandera.

Como en casi todos los asuntos de la administración pública municipal, aquel hombre, responsable de los destinos infaustos de aquel típico poblado... se declaró incompetente para resolver lo que a su juicio era deber de resolución de quien tuviera facultades de enfrentarse al mismo diablo o a esa figura infernal que cabalgaba sobre un animal... todas las noches, por las calles empredadas del poblado... en tres patas solamente. Lógico que, ante esa sabia “recomendación” del jefe de la comunidad, de acercarse con quien tuviera el poder de enfrentamiento con aquella figura infernal, que cabalgaba en una “mula de tres patas”, la concurrencia acordó -no sin antes proferir por debajito dos que tres mentadas de madre al alcalde- dirigirse a la morada del cura del pueblo, el mismo representante de Dios y de la iglesia católica en Taretan, que, hacía unas horas antes, ya también tenía conocimiento del asunto.

No tardaron mucho en llegar. La casona del pueblo, antigua propiedad de uno de los hombres más ricos de la región, don Feliciano Vidales, abuelo del escritor taretense, Alfredo Maillefert Vidales, distaba solo a cincuenta metros del palacio municipal. Las mujeres aún enjugándose las lágrimas y apretujando contra su pecho aquellos rosarios utilizados en misa, teniendo tras de sí a los hombres prominentes del poblado, casi al mismo tiempo, dieron tres fuertes toquidos en la puerta de aquella casona, ahora morada de los curas y párrocos.

La puerta se abrió inmediatamente después del tercer manotazo... como si ya el cura los estuviese esperando y los invitó a pasar...

CONTINUARÁ.

Por Fabio Alejandro Rosales Coria.








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