La perfección
Arturo CEJA ARELLANO
Cuando estoy lejos de
la perfección que me permita abordar un tema y expandirlo apachurrando teclas
para darle vida a la columna y llegar a mis lectores, me es difícil abordarlo,
porque necesariamente debo tener conocimiento total sobre el mismo, como para
poder señalar que quienes lo protagonizan están obrando de manera inteligente,
aunque para el receptor y para quien lo escribe parezca que está mal.
En esos casos, los
dedos titubean y aprietan las teclas de la máquina sin el pleno convencimiento
de estar dando forma a palabras y frases verdaderas, que pongan a pensar a los
protagonistas sin llegar al enojo; y que la crítica llegue a ellos con afanes
verdaderos de mejorar y progresar, y tratar de llegar a la perfección, aunque
ésta relativamente no exista.
Luego de invernar por
varios meses, de estar sumidos en la inactividad y permanecer en el ostracismo,
de pronto los partidos políticos despiertan de ese letargo y tratan de vender
una imagen que lejos están de alcanzar. Y lo hacen porque se avecinan los
tiempos políticos, con sus tormentas y tempestades muy propias de una actividad
meramente convenenciera para quienes aspiran y suspiran por obtener el
reconocimiento de las mayorías, así como el movimiento positivo de los dedos
que lo señalen como el “mero mero”; quien llevará la representación del
instituto político al que pertenecen, en las próximas elecciones del año
entrante.
Ya se ven abiertas
las puertas de lugares donde por buen tiempo dejaron de entrar y salir los
personajes políticos; no obstante a que trabajaron desde sus respectivas
trincheras, criticando lo que hacen los actuales políticos, cuando ellos en su
momento no supieron o no quisieron hacer.
Creen que con
señalamientos, críticas negativas y politiquerías, lograrán que la gente los
vea a ellos como los héroes que finalmente vendrán a sacarnos del olvido y la
miseria; que obtendrán las simpatías que los lleve a ocupar o recuperar
espacios actualmente en manos de otras personas, y no precisamente del partido
al que pertenecen.
Hay quienes llegaron
a la política como consecuencia de fenómenos sociales propios de la
desesperación del populacho, que vieron en la figura de equis personaje como la
ideal para mejorar sustancialmente en todos los sentidos. Sin embargo, al
empezar a “mamarle la ubre al presupuesto”, esos humildes ciudadanos de pronto
pierden el piso y con ello la empatía, devorados por la voracidad y una
repentina hambre de poder, envueltos por el empoderamiento que ya no les
permite ver hacia abajo, donde la gente sigue levantando el brazo para que los
vean y hagan algo por ellos; catapultándose como un sueño que jamás será otra
cosa más que un simple y sencillo sueño.
Las figuras por las
que un día lucharon, se desvanecen ahora hasta convertirse en políticos inalcanzables,
inabordables, a los que ya no se alcanza a saludar porque ya no se empolvan los
zapatos caminando; y ni siquiera ven sus manos salir por la ventanilla del
moderno vehículo, porque se esconden detrás del vidrio totalmente polarizado.
El lustrador de
calzado ya no pasa el trapo sobre los zapatos del presidente, o del diputado,
menos del gobernador, porque éstos tienen ya quien les limpie el calzado a
domicilio.
De tal forma es como
los “héroes del pueblo” se van perdiendo en el tradicional olvido del político
empoderado, que a estas alturas blindó las puertas de su oficina y sólo atiende
por agenda, cuando no hace mucho se le podía abordar hasta en la banqueta.
No existe pues, la
perfección, ni allá, ni acá.
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